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MADRE ANTONIA, LA MUJER QUE ADOPTÓ MILES DE HIJOS

Entrevista publicada en esta Gaceta

en 2013 Red Social #173

 


Las nuevas generaciones quizá no la conozcan. Mary Clarke nació en Los Ángeles, Ca., y visitó Tijuana en 1965 en una jornada médica programada en la Penitenciaría de Tijuana.  En su calidad de enfermera, se dio cuenta de las muchas carencias de profesionistas de la salud y medicamentos. Prometió volver.

 

Y lo hizo en varias ocasiones trayendo ayuda, hasta que decidió y para ello solicitó el permiso de las autoridades para vivir en la Penitenciaría y convertirse en Madre Antonia de todos los reclusos. Ella tenía sus hijos de sangre: Jim, Kathleen, Theresa, Carol, Tom, Elizabeth y Anthony (además del primogénito Joseph que murió a los pocos días de nacido). Pero los hijos de Madre Antonia Brenner son incontables, por eso ella responde con ternura y amor que ella tiene miles…miles y miles de hijos.

 

Sus hijos que ha adoptado y a los que quiere tanto, son huéspedes obligados en la Penitenciaría de Tijuana. Que han cometido delitos graves y ahí purgan su sentencia. Pero Madre Antonia asegura que todos ellos tienen dentro de sí, buenos sentimientos y la mayoría están arrepentidos de lo que hicieron. Para ella, todos son iguales y necesitan ser tratados con respeto y amor. Ella, desde su primera visita en 1965 quedó comprometida de por vida con ese penal y sus internos.

 

Unos quieren salir, Madre Antonia pidió entrar

Llegó como Mary Clarke (su nombre real) acompañando al Padre Henry Vetter. Como si fuera ayer, recuerda esa visita: “Nunca podré olvidar la primera vez que entré a la “peni”, veníamos un grupo de personas y al mando estaba el Padre Enrique (Henry), un hombre mágico, una gran persona, un santo. No fue fácil encontrar el lugar, solo teníamos el domicilio, pero después de mucho preguntar, por fin llegamos.

 

 “Y al hacerlo, yo sentí algo curioso, no se trataba ni de miedo, ni de nervios… sentía cosa aquí (se señala el corazón) yo fui a la enfermería que era muy pobre, un lugar muy chico, tenía una puerta con rejas.  Cuando la abrí vi a varios hombres sobre las pocas camas y en el piso también. Y cuando nos vieron, como pudieron se levantaron, en señal de respeto, eran hombres muy pobres y muy enfermos… me pareció un detalle muy bonito y lleno de cortesía. Cuando salí me hice el propósito de buscar medicinas en Los Ángeles y mandarla a ese lugar que tanto se necesitaba”.

 

Desde ese año, siguió haciendo visitas regulares al penal tijuanense para traer, especialmente medicamentos, alimentos, ropa y todo lo que pudiera servir a los internos.  A la par seguía con sus caridades acostumbradas: recaudando todo tipo de donaciones que enviaba a Corea, donde según le comunicaba su hermano Joseph, se necesitaba tanto. También ayudaba en el hospital Ciudad de la Esperanza, en California y se puso en contacto con un grupo privado de ayuda “Direct Relief Fundation” básicamente para enviar apoyo a algunos países de América Latina, especialmente a Bolivia y Perú.

 

Mary Clarke tenía como principal característica la caridad que se manifestaba con sus acciones y era seguida por sus hijos que también, a su manera y de acuerdo a su edad, apoyaban con acciones a su mamá. Hasta que un día y quizá influenciada por su amistad con Monseñor Anthony Browers (en cuyo honor adoptaría  más tarde el nombre de Antonia) que además era su confesor, decidió trasladarse a Tijuana y acercarse a la Penitenciaría, que tanto le mortificaba por la pobreza  y las muchas necesidades que sufrían los internos.

 

Atrás quedaban dos divorcios; sus hijos ya habían formado familias, solo el menor Anthony, con el que había acordado su traslado a San Diego, para estar cerca y pasar juntos uno o dos días de la semana. El resto del tiempo, viviría en el interior de la Penitenciaría. Era el año 1977. Y su primera cama fue una litera en el área de las mujeres.  A los pocos meses el director del penal le hizo entrega de una “carraca”. Pequeño lugar que se convirtió en su área privada, el único lujo era una regadera con agua fría.

 

Madre Antonia se invistió de monja, no pertenecía a ninguna Orden.  Ella misma se hizo su primer hábito, considerando que vestida en esa forma, sería reconocida y respetada.  Y así fue reconocida y también respetada. Inició esta vida de servicio, buscando ayuda entre sus amigos de Estados Unidos, para acercar al penal, medicamentos y afrontando en principio la desconfianza de las autoridades carcelarias y de los mismos internos. Pero con sus acciones de bondad, de atenciones y de ayuda, los fue convenciendo de que su único propósito era servirlos y ayudarles a resolver sus problemas.

 

Le ha tocado mr entre autoridades e internos en algunas épocas de sublevaciones. Prácticamente todos los directores (unos más, otros menos) la han ayudado en su labor de servicio. Ella segura que sus “hijos”, no son malos, sino que han cometido errores, que están pagando y por ello merecen el perdón. Su presencia en el interior del penal ha influido para que los mismos custodios tengan otras actitudes y respeten a quienes cumplen una condena. Antes de su llegada al penal, los golpes, malos tratos a los internos, era el pan de cada día.

 

Madre Antonia siempre tiene tiempo para atender a quien le pide ayuda, consejo, un servicio, una comunicación con sus familias. Incluso cuando muere un interno y no cuenta con familia que se encargue de su funeral. Ella le da cristiana sepultura. Y un aspecto que quizá para muchos no sea importante, para ella si lo es y se ocupa: que “sus hijos” sean atendidos por un buen dentista. (Red Social entrevistó a un generoso dentista que iba el penal, cada que Madre Antonia se lo solicitaba y “la paga” era prácticamente simbólica. Incluso, familiares de los internos le llegaban a su consulta particular y él los atendía, en forma gratuita).

 

Son miles los que han recibido una buena dentadura o reparación de sus dientes. “Ya que tiene tantos problemas, por lo menos que sonría con alegría y orgullo”, asegura este Ángel que por decisión propia vivió durante 35 años como “prisionera”.  Y si fuera por su voluntad, ahí seguiría, pero los médicos determinaron, que el frío del penal y las condiciones afectaban seriamente su ya quebrantada salud.  Ahora, solo le es posible llegar de visita y ver qué puede hacer por “sus hijos”.  Pero su casa está a 5 minutos del penal.

 

 

 

Una institución fundada por ella: BRAZOS ABIERTOS

Hace 16 años, Madre Antonia fundó una Asociación para ayudar a las viudas y huérfanos de policías caídos en el cumplimiento de su deber. Ella sigue siendo impulsora y encargada de buscar ayuda económica, pero desde el principio la preside policías o expolicías que se encargan de cumplir puntualmente los objetivos de la Asociación Brazos Abiertos de Tijuana, A. C.

 

No tan solo se encargan de que todas las fechas importantes sean celebradas y reciban sus regalos (Día del Niño, de las Madres, de Navidad, de Reyes, etc.), la Asociación está pendiente de 100 viudas y alrededor de 160 niños que integran el directorio de beneficiados.  Reciben despensas, becas para los niños y atención médica si lo requieren. Los mismos policías en activo colaboran para que este grupo sea un apoyo y una protección para esas familias, mujeres y niños que perdieron a su esposo y padre.

 

Y esa labor es muy importante especialmente porque la misma solidaridad y cariño que tiene para sus hijos internos en la peni, Madre Antonia también la tiene y se preocupa por los policías y sus familias, se ocupa de ellos y es solidaria con todos.  En ningún momento hay conflictos, unos y otros saben que esta buena mujer tiene capacidad para cuidar a todos y ayudar a quien lo requiera.

 

Una monja con hábito y reconocimiento oficial

Madre Antonia gracias a su fe y a los sacerdotes sus consejeros espirituales, siempre ha estado cerca de su iglesia.  Debido a sus dos divorcios, durante 25 años no pudo recibir la comunión, sin embargo, lo acepto con humildad.  Vistió de monja, sin serlo, hoy es fundadora de una Orden Religiosa. Quizá fue una respuesta al obispo de San Diego Leo Maher que en 1991, poco tiempo antes de morir le aconsejo que ofreciera la oportunidad a mujeres adultas que ya habían cumplido con ser madres y necesitaban un sitio donde servir, así como ella misma: madre y abuela.

 

El Obispo de Tijuana, Emilio Carlos Berlié también la animó para que fundara una comunidad religiosa.  Así Madre Antonia, escribió la solicitud y fundó la Orden Siervas Eudistas de la Undécima Hora.  En 1997, recibió oficialmente el consentimiento para esa congregación y tocó al Sr. Obispo Rafael Romo Muñoz, en el 2013, aceptar formalmente en el seno de la iglesia a esa Orden religiosa que está integrada por mujeres que en edad adulta, se comprometen a servir a los pobres.

 

La Undécima Hora es un llamado a las personas adultas que tras haber cumplido como esposas, madres o hijas tienen todo el tiempo para dedicarlo a servir, a ayudar, a proteger a los desvalidos.  Esa es la enseñanza que Madre Antonia ha trasmitido y que sus hermanas de la Congregación cumplen con alegría.  Esa misma alegría y vitalidad que le es reconocida a esta mujer luminosa que con sus palabras y acciones ha solucionado los problemas de miles de seres humanos que, por sus errores, tuvieron que ser confinados en la Penitenciaría de Tijuana.

 

Madre Antonia pequeña de cuerpo, pero con una vitalidad de gigante y un amor por los que sufren, es tan solo una de las muchas virtudes de Madre Antonia.

 


 

 

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