ROSARIO CASTELLANOS, UN RECUERDO
- Red Social

- 16 mar
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Este escrito es una reflexión personal de la extraordinaria escritora mexicana:

Yo he tenido hasta ahora dos largas servidumbres.
Y uso la palabra con la plena deliberación de su ambivalencia. Porque ambas me sirvieron exactamente en la proporción en que yo consentí en volverme una criatura dependiente de sus cuidados, remitida a su eficiencia, obediente a sus rutinas, plegable a sus caprichos, conforme con sus limitaciones. ¿Quién de las dos estaba más sujeta: la sierva o el ama? Eso queda para discutirse.
Cada uno de los protagonistas adversario que se complementa -reclamará para sí la dosis mayor de sufrimiento. Yo solo puedo afirmar que cuando viví en circunstancias en las que esta relación, que siempre me ha parecido fatal, ya no existe, respiré más que a mis anchas, sin remordimientos, sin irritación, sin esa sensación de que uno se encuentra a merced de la buena voluntad de otro. Sin esa molestia de que no haya reglas precisamente establecidas sino de que los márgenes para la tolerancia o el abuso- los va estableciendo el tanteo del terreno. ¿Hasta dónde puedo pedir? ¿Hasta dónde he de dar? ¿De acuerdo con qué rituales?. La intuición me hacia iluminable el camino. Pero la reflexión me paralizaba los actos. Hasta que llegaba el momento en que una circunstancia externa nos permitía desbaratar el nudo que nos estaba ahorcando mutuamente y decir (¡con cuanta pena por el pasado! ¡Con cuanto miedo por el futuro! ¡Con cuanto desamparo por el presente!, adiós.
La primera de las dos a las que me referí al principio se llamaba María Escandón y su madre se la entregó a la mía cuando ambas éramos niñas, para que fungiera como “cargadora”.
Esta institución que no se si todavía esté vigente en Chiapas donde me aseguran que tantas cosas han cambiado estaba entonces en todo su esplendor. Y consistía en que el hijo de los patrones tenía para entretenerse, además de sus juguetes que no eran muchos y que eran demasiado ingenuos, una criatura de su misma edad. Esa criatura era, a veces compañera con iniciativas, con capacidad de invención que participaba de modo activo en los juegos. Pero, a veces también, era un mero objeto en que el otro descargaba sus humores: la energía inagotable de la infancia, el aburrimiento, la cólera, el celo amargo de la posesión.
Yo no creo haber sido excepcionalmente caprichosa, arbitraria y cruel. Pero ninguno me había enseñado a respetar más que a mis iguales y, desde luego mucho más a mis mayores. El día en que, de una manera fulminante, se me reveló que esa cosa de la que yo hacía uso era una persona, tomé una decisión instantáneamente: pedir perdón a quien había yo ofendido. Y otra para el resto de la vida: no aprovechar mi posición de privilegio para humillar a otro.
¿Qué ocurrió entonces? ¿Entre una María rebosante de gratitud y una Rosario cargada de escrúpulo moral se estableció una amistad respetuosa? No. Entre una María desconcertada y una Rosario inerme ya no hubo contacto posible. Además, habíamos crecido y yo iba a la escuela o llegaban los maestros a instruirme a domicilio y ella era más útil ayudando al aseo y cuidado de la casa y, lentamente, fue introduciéndose en el ámbito sagrado de la cocina.
Aunque próximas, crecimos paralelamente y yo no la recuerdo más que en la enfermedad última de mi madre en la que María fue una enfermera mucho más devota, mucho más abnegada, mucho más servicial que yo. Porque quería a mi madre con un sentimiento filial mucho más profundo consistió en cumplir con la última de sus voluntades: cuidarme, hacerse cargo de mí.
Lo hizo de tal modo que yo no tenía siquiera la necesidad de ordenar: todo estaba listo siempre. ¿Qué tenía yo que hacer en cambio? Aceptar la disciplina sin más comentarios que los que fueran elogiosos. No traspasar mis limites que eran el escritorio, la recámara y la sala. No hacer preguntas ni averiguaciones de ninguna especie. Entregarme con una confianza y una pasividad total. A la que María correspondió no abandonándome ni cuando el médico diagnosticó mi tuberculosis habló del peligro del contagio. Ni cuando decidí irme como empleada del Instituto Nacional Indigenista a Chiapas. Ni siquiera cuando me casé. Pero las dos sabíamos que a partir de entonces ella se sentía relevada de sus obligaciones para conmigo, porque y ya estaba como se dice en mi tierra “bajo mano de hombre”.
Así que María se fue a trabajar con Gertrudis Duby, quien no salía de su asombro (así me lo dijo con reproche) de que después de tantos años de convivencia yo no le hubiera enseñado a María, ni a leer bien, ni a escribir. Yo andaba de Quetzalcóatl por montes y collados mientras junto a mí, alguien se consumía en la ignorancia. Me avergoncé. Me prometí que la próxima vez (si es que había una próxima vez) no sería lo mismo. Mi política en relación con Herlinda Bolaños fue totalmente diferente. Pero no me atrevería a decir que más adecuada.
Durante nuestra estancia en los Estados Unidos, pero sobre todo desde que llegamos a Israel, yo me ocupé de ella, como ella se ocupaba de mi hijo. En las excursiones, en los paseos, en los viajes, yo procuraba que se divirtiera, tanto como que aprendiera. Tenía su escuela primaria hecha y bien terminada, un despejo natural y audacia para enfrentarse con situaciones nuevas. Pero sobre todo ello pesaba, como la losa sepulcral, los siglos de tradiciones, de prejuicios, de dogmas que poníamos, todos los días, en tela de juicio. Yo desbarataba con mis argumentos, lo que Herlinda volvía a reconstruir pacientemente con su memoria, con su fidelidad a consignas ancestrales.
En Israel adquirió plena conciencia de su importancia. Y eso, he de confesarlo, no fue gracias a mi sino a la frecuentación de su grupo de latinoamericanos que trabajan en Tel Aviv. A medida que esa conciencia crecía, crecían también sus demandas. Menos trabajo, más sueldo, vacaciones pagadas, seguro contra enfermedad, pensión de retiro.
Yo estaba de acuerdo… en principio. Pero en la práctica procuraba convertirla no en mi adversaria de lucha de clases sino en mi cómplice. Le di autoridad para que mandara a otros y ambas comentábamos como lo hacen siempre las señoras, la ineptitud total de sus subordinados.
De pronto se dio cuenta de una cosa: había trabajado su vida entera, había hecho sus ahorros ¿qué mejor manera de gastarlos que en un viaje? Le organicé excursiones por Italia, Francia y España con destino final en México en donde planea retirarse a vivir de sus rentas.
Misión cumplida, diríamos. ¿Y yo? ¿Y Gabriel? ¿Y todo? Es verano y, como la cigarra, canto la canción de Solveig que dice que la tierra está ceñida de caminos.
Tel Aviv, 24 de agosto, 1973.
(Nota)
Muchos lo saben, Rosario Castellanos cultivó todos los géneros literarios, destaca su obra poética y en la novela. Fue uno de los talentos más claros de México. Muere en un accidente en Tel Aviv donde cumplía su misión como embajadora.




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