EDITORIAL/ marzo 2026
- Javier Prieto A.

- hace 9 horas
- 3 Min. de lectura
Frente al olvido de los pobres, una nueva educación:
LA QUE PROVIENE DE LA SOLIDARIDAD DE NUESTRO VOLUNTARIADO

Cuatro rupturas afectan al hombre de hoy:
1º La que los hombres hacemos con Dios, que es la ruptura fundamental.
2º La ruptura con uno mismo.
3º Con el hermano y,
4º Con todo lo creado por Dios.
Vivir bajo los impulsos de esas rupturas es caer en un dinamismo que niega la vida, que niega, el amor, que termina en una cultura de la muerte y en una sociedad atormentada e injusta como la que está padeciendo nuestro mundo. Ese hombre roto internamente es difícil que quiera percibir lo que ocurre en nuestro mundo. Los datos dicen poco a quien no quiere ver, ni quiere comprometerse: hay 1,500 millones de personas iguales a usted y a mí que son pobres de solemnidad, que no pueden vivir dignamente con menos de un dólar diario. Se trata de la cuarta parte de los 6,100 millones de seres humanos. Aparte hay que contar a 1000 millones de analfabetos, 800 millones que sufren desnutrición y 750 millones que no disponen de servicios sanitarios en México, al menos 22 millones de miserables y alrededor de diez millones con analfabetismo total o funcional.
A cada uno de nosotros se nos ha confiado una tarea original, insustituible, indelegable de contribuir al bien de todos. Cada ser humano y más si se dice creyente en Dios, debe sentirse comprometido a ponerse al servicio de la dignidad integral del hombre, a contribuir de manera constante a crear condiciones justas y fraternas en la sociedad.
Pero la pobreza no debe mirarse solo desde el punto de vista material, pues hay otra pobreza cultural, que es una especie de analfabetismo espiritual, que nace de la falta de libertad religiosa y de la pobreza política; que impide a muchos ciudadanos participar activamente en la construcción de nuestra propia nación. El olvido de Dios, cuando no se le ve significado alguno en la vida propia, conduce a juzgar sin significado la propia existencia y a adorar a diversos ídolos. Agreguemos a estas pobrezas otras como la drogadicción, el Sida, el abandono de los ancianos, la marginación y la discriminación social.
Convencernos de que todos somos responsables de todos, sería sentirnos aludidos cuando se mencionan las causas de la pobreza. Los culpables no son “los otros”. Todos deberíamos examinar qué clase de uso le damos a los muchos bienes que hemos recibido de Dios y, sí ponernos trabajo y responsabilidad ante esas pobrezas de miles de millones de personas que carecen de todo.
Por supuesto, esa solidaridad implica sacrificio, renuncia a todo egoísmo y actitud de desprendimiento. No debe quedar en un vago sentimiento filantrópico y superficial para cuando estemos de buenas. La solidaridad, según dijo Juan Pablo II “ es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien de todos y de cada uno para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.
Vivir con esa determinación no resulta nada fácil, pero con la ayuda pedida a Dios es posible hacerlo; es posible vencer el afán de ganancia y la sed de poder; es posible estar dispuestos a entregar la vida por los otros en vez de explotarlos y servirlos, en lugar de oprimirlos para el propio provecho. Dedicar parte de nuestro tiempo a acoger, escuchar y prestar ayuda desinteresada a los más pobres de la sociedad y también a luchar contra las causas que provocan la pobreza y la injusticia.
A los primeros cristianos, el Espíritu de Dios los ayudó a salir de sí mismos, a superar el miedo y a dar un testimonio público del Resucitado, seguido de una vida diferente con un testimonio vivo y constante de la caridad. Los genuinos y completos compromisos de la filantropía, pasan por ese compromiso de vidas puestas al servicio del bien común.
Se requiere, según Juan Pablo II: “…una fuerte solidaridad moral, cultural, económica y una organización política, que pueda garantizar los derechos de todos los pueblos”. “La solución es de naturaleza fundamentalmente ética y a ella deben corresponder decisiones económicas y políticas coherentes: …es el ser humano y no el dinero o la tecnología, el protagonista del desarrollo”.
*Seguimos presentando los editoriales del Lic. Javier Prieto Aceves (Lic. Vidriera), al considerar que todos sus textos, hasta hoy compartidos, son de una vigencia que nos honra. Este, apareció En el #46 – junio del 2002.


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