EDITORIAL/ octubre 2026
El bien común exige acciones
solidarias y subsidiarias

En reportaje interior RED SOCIAL da cuenta, al visitar un singular Asilo en Ensenada, de cómo se integran ejemplarmente una ciudad entera, personas, instituciones de servicio, escuelas, clubes, empresas, vecinos, gobiernos, etc., con la causa de los ancianos. Es, sin duda, un prodigio porque no se trata de un evento ocasional (cualquier alusión al Teletón es dicha a propósito) en el que las buenas conciencias de la sociedad del desperdicio y del consumismo se tranquilizan haciendo un donativo ocasional, para no hacer ya nada de lo mucho que hay que hacer permanentemente y con urgencia.
No, lo que vimos en Ensenada involucra una actitud permanente de pertenencia de unos a otros, nos muestra formas inteligentes de poner en comunión a quienes lo han perdido casi todo con aquellos que todavía nos sentimos clase media o más pobres pero poseedores de un trabajo, de una dignidad, de un deseo de servir. Y que ésta sentida convicción no se crea una “obligación” impuesta o “inculcada”, como por ahí se dice, sino producto de un ideal verdadero que una vez conocido se impone al corazón y se demuestra con actos libres. Se sirve porque se ha descubierto que solamente la solidaridad que consiste en la práctica de acciones justas y amorosas para con los demás son las que nos hacen entendernos mejor a nosotros mismos, responder al llamado amoroso de Dios y acercarnos permanentemente a la felicidad y a la esperanza en una vida mejor.
Es en este mes de mayo, cuando las flores de los niños van a la Virgen; cuando nos sentimos cercanos al amor maternal que nos dio la vida y con ella la capacidad de amar y de poder perdonarnos a nosotros mismos y a los demás cuando es más importante que no nos refugiemos en actos aislados de “dar regalitos simbólicos” sino tengamos un plan de vida que como en los mejores pueblos del mundo, siempre haya familias que adopten a sus pobres; siempre haya ciudadanos que quieran incrementar cada día más la justicia que rellene los abismos que separan hoy a la opulencia de la indigencia, Hablemos de un plan de vida, que abarque desde la niñez hasta la ancianidad, que incluya lo cívico, lo político, lo religioso, lo educativo; en suma, toda la cultura puesta de manera permanente en la solidaridad que hace los milagros de superar las dependencias que hoy dan origen a la violencia y al crimen organizado que asesina inocentes con tanta crueldad y cinismo.
¿A dónde se fueron nuestras ciudades pacíficas y alegres? ¿Quién nos ha quitado a nuestra Baja California tan jubilosa y llena de sueños? ¿Qué impide que todos puedan alcanzar el circulo virtuoso de salud, educación, trabajo esforzado, ahorro, seguridad social y vida plena de belleza, bondad y proyectos repletos de esperanzas?
Las preguntas no son oportunistas ni buscan otra cosa que nos convenzamos de que es posible superar estos tiempos de crisis y hacernos cargo todos de nuestros pobres y también de los cambios estructurales económicos, políticos, jurídicos y, finalmente, morales que nos alcancen una sociedad más justa; una civilización del amor que merezca ese nombre.
No puede olvidarse, tampoco, que es el mes en que festejamos a los maestros de nuestros hijos, y a nuestros propios maestros. Ellos nos enseñaron que los pobres son de todos, que las puertas de nuestro corazón y de nuestras casas e instituciones deben estar abiertas al servicio solidario y responsable, de manera permanente, como modo de vida inteligente y generosa y como uno de los proyectos más elementales de nuestro patriotismo.
*Publicado en el ejemplar #113 mayo/2008 en memoria del Lic. Javier Prieto Aceves, que por 25 años firmó como Lic. Vidriera.


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