Editorial Diciembre 2025
- Javier Prieto A.

- 11 dic 2025
- 4 Min. de lectura

Familia y Navidad
"Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia...Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la Iglesia"
(Ef. 5,25.32).
La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. (cf. GS 48,1; CIC, can. 1055,1).
El matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia, conforme a la cita del epígrafe. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia; la gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna.
La Navidad exalta en primer lugar la encarnación del Hijo de Dios que se hizo como uno de nosotros y al adorar al Niño Jesús los creyentes cristianos exaltamos también a la Sagrada Familia. A María que aceptó la voluntad de Dios y asumió el acompañamiento más perfecto a Jesús, desde que fue concebido hasta que expiró en la Cruz y luego resucitó de entre los muertos. A José, que aceptó ser el padre adoptivo del Hijo del Altísimo y que a él también se consagró totalmente. A los pastores y Magos de Oriente que lo adoraron. Y otros personajes célebres que también acompañaron en vida a Jesús: Juan el Bautista, que lo anunció y lo reconoció ante el pueblo de Israel como el que había de venir. Y también Juan, el discípulo favorito de Jesús, que junto con las mujeres siguieron al Señor y estuvieron al pié de la cruz y fueron las primeras que testimoniaron su resurrección, como María Magdalena. En fin, todos los que fueron sus seguidores mientras vivió entre nosotros y que se proyectan desde entonces a su seguimiento, mientras regresa.
La tradición mexicana auténtica, viene desde la primera conversión al cristianismo, y se dio en familia, como en familia e íntimamente, se celebra también hoy de manera ferviente y piadosa la Nochebuena. En nuestro pasado patrio, se preparaban las posadas como forma de oración seguida de cantos piadosos y de alegres fiestas para la familia. Eso en el México antiguo cuando la navidad era la fiesta en que sí se invitaba al Niño del cumpleaños. Contrastan esas costumbres con las de quienes hoy sólo ven la Navidad como noche para recibir regalos; o para ir, compulsivamente, a comprarlos. Tampoco faltan quienes aprovechan la fiesta sólo para bailar, emborracharse o correr parrandas.
Pugnamos pues, aunque llevemos un poco la contra a la corriente actual, a invitarlos a que prepararemos en familia la Navidad para que, esta era, vuelva a ser oportunidad para la oración y la práctica de la caridad. Que vuelva a invitarse a nuestras casas y a nuestro corazón al Principal Invitado.
Ese es el genuino rostro de Dios, para todos los creyentes, el que nos invita al amor y a la renovación espiritual a fondo y por eso la Navidad es fecha para la caridad para los que menos tienen y también oportunidad para renovar nuestra misión de lograr un mundo más justo, porque la caridad sin la justicia es pura hipocresía. La caridad no debe confundirse, obviamente, con las limosnas. Es una forma muy exigente de vida, contraria al consumismo y a la frivolidad circundante que tiene que ver con una manera virtuosa de vivir y con una generosidad permanente por quienes más tienen necesidad de nosotros, no sólo por la miseria económica, sino también por la miseria espiritual que hoy se vive y está tan urgida de la paz y de la liberación que viene de una Navidad auténticamente vivida y sentida. Como en el pasaje del Evangelio: “Estando cerradas por miedo a los judíos las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con vosotros”. (Juan 20,19)
• Esa paz sorprendente y profunda que nace de la convicción. No la ausencia de conflicto ni de retos. No la paz silenciosa y vacía del cementerio. Sí la paz cansada de un día pleno. No la paz de quien no quiere problemas. Sí la paz de quien lucha por algo que es justo. No la paz de quien sabe que tiene todas las seguridades. Sí la paz de quien salta al vacío confiando mucho en otros. No la paz ciega de quien no sabe ver el mal. Sí la paz lúcida de quien adivina la esperanza más allá de las heridas. No la paz frágil de quien no se acerca a los calvarios, sino la paz de quien ha visto un sepulcro vaciarse. ¿Qué paz tienes tú? ¿Qué paz buscas tú?
Para las Organizaciones del voluntariado dar y darse, que incluye poner, inclusive, algo de lo que necesitamos, y ayudar a otros a salir de esas miserias y pobrezas de que hemos hablado y son el diario dolor, ciertamente evitable, de tantos hermanos nuestros, es una forma de vivir la vida que ojalá y que sea renovada con motivo de esta Nochebuena. Deseamos a todos nuestros hermanos del voluntariado una Nochebuena familiar y evocando a toda la Sagrada Familia, que nos da la paz que nos renueva una forma alegre de vivir y de amar. De darse y de dar, antes que nada, y sin esperar otra cosa que la paz y la liberación que sólo puede venir del Creador de todos los Hombres.

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